El football americano es el reflejo perfecto de la nación que lo engendró; es un juego violento, belicoso y lleno de reglas insignificantes y molestosas. Aún así, admito que me gusta.

Hace algunos meses, tuve la oportunidad de ir a un juego de los actuales campeones nacionales, los Gators de Florida. Soy fanático de este equipo hace varios años y no había tenido la oportunidad de verlos jugar desde la temporada del 2003. Como iba a ver el juego en una universidad rival, me cuidé de no ponerme muchas insignias que delataran mis lealtades. Me puse una camiseta que tenía un logo minúsculo en el pectoral izquierdo. Encima de la camiseta tenía el abrigo que me protegía del frío invernal que empezaba en aquella época.

Nuestros asientos estaban en la zona de estudiantes. No obstante, esto no impedía que hubiera fanáticos de los Gators sentados en esta área. Tengo que destacar que de tod@s l@s que había, yo era el más moderado. La mayoría de l@s otr@s fanátic@s dejaron bien claro su afiliación a la Universidad de Florida. Dos filas al frente mío había dos muchachos que tenían toda la parafernalia gatorística posible. Uno de ellos tenía una camisa azul y anaranjada con un cocodrilo en el medio y las letras GATORS en relieve. Además tenía una gorra virada hacia atrás con el logo de la universidad.

Aunque mi novia y yo fuimos de los primeros en llegar (mi marco de referencia era la Universidad de Miami en donde el football se toma BIEN en serio), la gente que llegaba después y me oía hablando español, me miraba raro, como si no pudiera estar ahí. Decidí no hacerle caso y disfrutarme el juego.

En varias ocasiones hice gestos de aprobación cuando los Gators hacían algo bueno o de molestia cuando cometían errores. Como buen puertorriqueño, la gran mayoría de las cosas que decía, las decía en español.

Para el halftime, o algunos de los breaks entre quarters, la gente de la universidad rifó unas pizzas de Papa John’s. Estas pizzas, en teoría, eran para la sección de asientos que se la ganara, no para un solo individuo en particular. Resulta que fue mi sección la que se llevó estas pizzas. Al rato de haber anunciado que nos habíamos ganado las pizzas, llegaron varias cheerleaders y les entregaron las pizzas a las personas que estaban sentadas en la primera fila. Se suponía que éstas se la pasaran a l@s de atrás.

L@s de alfrente cogieron pizza y pasaron para el lado. Los de al lado le dieron a los que estaban en la sección próxima. Luego devolvieron la pizza para nuestra sección y empezaron a pasarla hacia atrás. Mi novia y yo estábamos en los asientos de la esquina de la 4ta fila, esperando paciente por nuestros pedazos. La pizza llegó y y nos pasó por encima. Yo hice gestos para tratar de agarrar la pizza y la persona que la estaba pasando me la alejó y se la dio a la que estaba directamente detrás de mi. Hice el gesto, nuevamente, para agarrar la pizza de esa persona y ella vino y pasó la pizza a la que estaba a su otro lado y ya la pusieron muy lejos de mi alcance. Mi novia y yo fuimos las únicas dos personas de esa fila que no cogimos pizza.

Podría pensar que no me dieron pizza por que soy fanático de los Gators y estaba en terreno enemigo. No obstante, aquellos dos muchachos que estaban dos filas delante de nosotros, los que tenían las gorras y las camisetas de los Gators, comieron pizza. Podría pensar, también, que fue que no me oyeron y fue sin querer. Pero fueron demasiadas las veces que me pasó cerca y me la alejaron cuando fui a cogerla. Más que nada, llego a la inevitable conclusión de que fue mi idioma lo que me dejó hambriento.